Había una vez, en un valle rodeado de montañas suaves y campos llenos de flores, una granja muy especial. No era una granja común: sus cercos estaban pintados de un azul profundo como el mar, y cada noche, cuando la luna salía, un suave murmullo de olas se escuchaba entre los establos.

 

En la granja vivía José, un niño de ojos brillantes y una gran curiosidad. Su mejor amigo era Estrella, un caballo blanco de crines plateadas que relucían como la nieve bajo la luz de la luna. Juntos exploraban cada rincón de la granja, desde el viejo molino hasta el lago que descansaba detrás de los manzanos.

 

 

El canto que venía del lago

 

 

Una noche, mientras las luciérnagas encendían su propio cielo de luces, José escuchó un canto dulce que venía del lago.

—¿Oíste eso, Estrella? —susurró acariciando el cuello del caballo.

El caballo relinchó suavemente, como diciendo que sí.

José siguió el sonido hasta la orilla. Allí, entre los reflejos de las estrellas, vio aparecer a una sirena de cabello turquesa.

 

—Soy Nerea, la guardiana de las aguas —dijo la sirena con una voz que parecía hecha de caracoles y viento marino—. Necesito tu ayuda, José.

 

 

El secreto de la estrella de hielo

 

 

Nerea le contó que en lo más profundo del lago dormía la Estrella de Hielo, un cristal mágico que mantenía el equilibrio entre la tierra y el agua. Pero esa noche, la estrella estaba perdiendo su brillo.

 

Mientras hablaban, un pequeño caparazón asomó entre las rocas: era una tortuga diminuta llamada Lila, que bostezó con calma.

—Yo puedo guiarlos —dijo la tortuga—, pero tendremos que ir más allá de los campos, donde vive el viento helado.

 

José no dudó. Montó a Estrella, y juntos, con Nerea nadando a su lado y Lila marcando el camino, comenzaron el viaje.

 

 

El encuentro en el bosque de cristales

 

 

Atravesaron un bosque cubierto de flores de hielo que brillaban como diamantes. Allí, entre los árboles, aparecieron dos figuras vestidas de magia: Elsa y Anna, las hermanas del reino de Arendelle.

 

—Sabemos por qué están aquí —dijo Elsa con una sonrisa—. La Estrella de Hielo es un regalo de nuestra familia. Si pierde su luz, el equilibrio del agua y la tierra se romperá.

 

Anna tomó la mano de José.

—Pero no teman, juntos podemos devolverle su poder.

 

 

El despertar de la Estrella de Hielo

 

 

Todos siguieron a Elsa hasta el corazón del lago. Allí, bajo el agua, la Estrella de Hielo flotaba, débil y opaca.

Elsa levantó sus manos y creó un puente de cristal. José, valiente, caminó hasta el centro. Nerea cantó una melodía que hizo vibrar el agua. Lila, la tortuga, golpeó suavemente el cristal con su caparazón.

 

Entonces José cerró los ojos y pensó en todo lo que amaba de su granja: la brisa de la mañana, la risa de los animales, el galope de Estrella. Una luz cálida surgió de su corazón y envolvió la estrella.

 

Con un destello de mil colores, la Estrella de Hielo brilló otra vez, iluminando el lago y el cielo nocturno.

 

 

Un nuevo amanecer

 

 

Cuando abrieron los ojos, el valle entero resplandecía. Las flores del bosque de cristales cantaban con el viento. Nerea sonrió:

—Gracias, José. Has salvado el equilibrio de nuestro mundo.

 

Elsa y Anna abrazaron al niño y a la sirena. Lila bostezó otra vez, lista para dormir. Estrella relinchó suavemente.

 

José volvió a su granja antes de que saliera el sol. El cielo se tiñó de rosa y dorado, y el murmullo fue de las olas se convirtió en el canto de los gallos.

 

Esa noche, mientras José cerraba los ojos, supo que la magia y la amistad siempre estarían a su lado, en la Granja Azul, donde la tierra y el mar se encuentran en un mismo latido.

 

 

 

Colorín colorado, este cuento para dormir ha terminado